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LOS PECADOS OCULTOS
Una enfermedad que impide el crecimiento eclesial

¿Conoce usted iglesias que no prosperan? Tienen excelentes programas evangelísticos, los líderes son extraordinarios, los creyentes son dinámicos, trabajan en múltiples actividades... pero nada parece dar resultado... Y lo más grave: la congregación no sólo permanece estancada sino que amenaza con declinar progresivamente.

En un alto porcentaje este fenómeno tiene origen en el pecado oculto. Puede ser de una persona o de varias. En apariencia, se trata de cristianos consagrados. Pero íntimamente están mas volcados al mundo que cualquiera de los gentiles de la antigüedad de que pudiéramos tener conocimiento.

Se trata de una enfermedad eclesial que le invito a que examinemos tomando como base el capítulo 2 del libro de Apocalipsis, versículos del 18 al 27. Es la muy conocida carta del Señor a la iglesia de Tiatira.

Dios conoce a su pueblo
Es probable que me diga: “Pero yo soy un hombre o una mujer que camina en rectitud, me preocupo de que haya fidelidad en el servicio al Señor. ¿Cómo puede darse cosas así al interior de la congregación?”. Estamos de acuerdo. Esa puede ser SU visión, pero no necesariamente la comparten otras personas. Y es probable que en su denominación, si enfrenta un estancamiento de tiempo atrás que tiende a prolongarse indefinidamente, haya alguien con pecados ocultos.

Pero en medio de toda esta situación, le invito para que tome nota de un mensaje preciso con el que Dios inicia su comunicación a esos primeros creyentes: “Conozco tus obras, tu amor y tu fe, tu servicio y tu perseverancia, y se que tus últimas obras son más abundantes que las primeras” (versículo 19. Nueva Versión Internacional). Es alentador. El Señor nos revela que conoce a quiénes caminan conforme a su voluntad. Quizá los demás no lo sepan, pero El, nuestro amado Creador, sí lo sabe.

Si usted forma parte de ese remanente, de ese grupo reducido de personas que todavía confían que el Señor obrará y limpiará la iglesia, felicitaciones. Usted será una herramienta y un vaso útil para el Dios de poder.

La manipulación y el engaño
Pero en medio de ese remanente de hombres y mujeres consagrados, no faltan quienes arrastran pecados ocultos –y lo más grave: persisten en cometerlos-, sino que amparados en una falsa imagen, toman posiciones en el liderazgo y desde allí manipulan a la congregación, tal como en su momento hizo Jezabel, la esposa de Acab, con el reino israelita.

Se trata de personas sutiles, que posan de espirituales cuyo propósito final es imponer su voluntad por encima de la razón.

Recuerdo el caso de dos líderes que siempre profetizaban en una congregación de la que fui pastor a tiempo completo. Fueron ganando espacio entre los creyentes. Todos decían: “Se trata de mujeres muy consagradas”. Lo complejo es que siempre querían que se hiciera lo que decían. Tomar una decisión, con la autonomía que me confería la posición de pastor, implicaba airadas reacciones de las hermanas quienes, horas después, tenían parte de la membresía en contra. Según ellas “El Señor nos reveló que ese plan no es el correcto sino éste o aquél”.

Por supuesto, tomar la decisión de cortarles las alas no fue fácil. Pero era necesario hacerlo. De lo contrario, la congregación marchaba hacia el precipicio.

Y sólo cuando se puso freno a su manipulación, se vio un nuevo aire en la asistencia. Comenzó a aumentar. El ambiente pesado –espiritualmente hablando—cedió considerablemente hasta llegar a un nivel de libertad total.

Frente a circunstancias así el evangelista Juan, inspirado por Dios, escribió: “Sin embargo, tengo en contra que toleras a Jezabel, esa mujer que dice ser profetisa. Con su enseñanza engaña a mis siervos, pues los induce a cometer inmoralidades sexuales y a comer alimentos sacrificados a los ídolos” (versículo 20. Nueva Versión Internacional).

Le invito para que se pare en la brecha y comience a pedir al Dios de poder que revele qué situación oculta hay en su congregación. Es necesario que permanezcamos firmes en la decisión de no permitir que nuestras congregaciones se conviertan en fortines de Satanás. Nuestro amado Señor sabe qué ocurre y, como señala la Palabra, nada queda oculto para su omnisciencia: “Así sabrán todas las iglesias que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y a cada uno de ustedes lo trataré de acuerdo con sus obras” (versículo 23 b. Nueva Versión Internacional).

Ni un paso atrás...
Si nuestra meta es contribuir en los planes de Dios para el crecimiento de la Iglesia, no podemos dar un solo paso atrás. Si dejamos que el enemigo gane terreno, perderemos el espacio que Jesucristo ya ganó en la cruz para que, en victoria, proclamemos el evangelio. No en vano advierte el autor sagrado en su inspirada carta a Tiatira: “Eso sí, retengan con firmeza lo que ya tienen, hasta que yo venga” (versículo 25. Nueva Versión Internacional).

Los tiempos han cambiado. Hay modernidad. En eso estamos identificados. Pero hay algo que no podemos negar: Satanás y sus huestes siguen haciendo lo que está a su alcance para generar estancamiento en nuestras iglesias. Y ni usted ni yo podemos permitirlo, jamás...

Preparado por Ps. Fernando Alexis Jiménez (www.adorador.com/heraldosdelapalabra)

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