CUANDO LOS CREYENTES ACTÚAN INDEBIDAMENTE
Los
escenarios son de una familiaridad alarmante: el hombre en su clase de la
Escuela Dominical que está teniendo una relación extramatrimonial, el colega de
ministerio que de vez en cuando dice obscenidades, y la secretaria de la iglesia
que difunde chismes. El pecado y la desobediencia evidente son siempre
desagradables, pero aquí encontramos una tragedia mayor: todas estas personas
son cristianos practicantes.
Aunque no
podemos juzgar el grado de compromiso con Cristo de otra persona, de lo que sí
estamos seguros es que la desobediencia siempre entristece el corazón de Dios.
Esto nos plantea una pregunta importante que debemos responder: ¿Cuál debe ser
nuestra respuesta a los hermanos y hermanas en Cristo que frecuentemente caen en
estos pecados?
Antes de que
podamos hablar de nuestra responsabilidad en este asunto, debemos comprender
tres conceptos bíblicos que tienen que ver con el pecado en la vida de un
creyente.
1.
Las trampas del enemigo no son nuevas: Aunque decimos con frecuencia que
el mundo en que vivimos es cada vez más perverso, y aunque el pecado parece
estar ahora más difundido, la Biblia nos asegura que la maldad ha plagado
nuestra cultura desde el pecado original. El rey Salomón lo creía así. Hace más
de 2.000 años, escribió en Eclesiastés que “... nada hay nuevo debajo del sol”
(1:9).
Si el pecado
no es nuevo, ¿qué ha producido, entonces, esta ola aparentemente reciente de
conducta maligna? La respuesta puede estar en las estrategias adaptables y
siempre cambiantes utilizadas por Satanás para tentarnos. En el libro When Godly
People Do Ungodly Things [Cuando los creyentes hacen cosas malas], la autora
Beth Moore documenta claramente este fenómeno. Después de entrevistar a cientos
de cristianos, Moore estructura un patrón común de ataque utilizado por el
enemigo de las almas.
“En ningún
momento dejaron de maravillarme las hábiles tretas del diablo, y me asombraba su
capacidad de aprovecharse de las debilidades bien escondidas de las personas”,
dice Moore en su libro. “Ninguna de ellas había pensado actuar mal. Muchos
dijeron que ya habían caído en el pecado antes de saber siquiera qué les había
ocurrido”.
Cuando los
cristianos no entienden la verdadera naturaleza del enemigo, pueden convertirse
en blancos desprevenidos de sus trampas. Puesto que el “cristiano carnal” le
dedica cada vez menos tiempo a la lectura de la Palabra de Dios, no es de
extrañarse que muchos supuestos seguidores de Cristo no estén preparados para la
lucha espiritual.
2.
Hay una diferencia entre salvación y sumisión: ¿Ha tratado usted alguna vez de
explicarse la conducta pecaminosa en la vida de un hermano o de una hermana en
Cristo, diciéndose a sí mismo: “Creo que esa persona no era verdaderamente
salva”? Aunque ésta es una posibilidad, no siempre es el caso. La Biblia nos
dice que cuando hemos recibido a Cristo y nacido de nuevo, nada nos podrá
arrebatar de su mano” (Juan 10:29). Sin embargo, es perfectamente posible que un
cristiano caiga temporalmente en un patrón destructivo de pecado, a pesar de
haber sido salvo.
Este problema
lamentable es común entre aquellos que no han solidificado la segunda decisión
más importante en la vida de un creyente: someterse al señorío de Jesucristo. Es
verdad que toda persona tiene que recibir a Cristo para poder tener vida eterna,
pero uno tiene luego que elegir vivir de una manera que glorifique a Dios. En
otras palabras, todos los seguidores de Jesucristo, en algún punto de sus vidas,
tienen que tomar la decisión de obedecerle y de rendir sus deseos egoístas a la
voluntad perfecta de Dios. Si un creyente nacido de nuevo no ha hecho esta
decisión fundamental, estará reiteradamente desprevenido contra los ataques del
enemigo.
3.
Hay una forma mejor de manejar la desilusión: Si observamos actos de
desobediencia en las vidas de las personas que amamos o respetamos, podemos
desilusionarnos fácilmente. Aún así, cuando pensamos en los grandes héroes de la
Biblia, vemos que sus vidas fueron, a veces, dañadas por el pecado. Abraham, por
ejemplo, se rió de Dios. David cometió adulterio y homicidio, por una noche de
indulgencia personal. Y Pedro negó conocer a Cristo. Pese a tales faltas de
obediencia, el Señor pudo utilizar poderosamente a estos hombres, ya que cada
uno de ellos se arrepintió de su pecado.
La lección
importante para nosotros es que, tarde o temprano, todas las personas nos
fallarán, a pesar de sus buenas intenciones. Es lo que hacemos con nuestros
sentimientos de desilusión, lo que puede afectar nuestro crecimiento espiritual.
Lo fundamental es que jamás debemos permitir que las faltas de los demás dañen
nuestra relación con Jesucristo. Aunque nos ofendan, debemos aferrarnos a Aquél
que jamás nos fallará, y poner toda nuestra confianza en Él.
En el libro
The Bait of Satan [La carnada de Satanás], el autor John Bevere habla de cómo
superar la desilusión con la comunidad cristiana: “Muchas personas que han
estado sirviendo al Señor fervorosamente, han enfrentado situaciones difíciles
en su vida por causa del maltrato recibido tanto de personas impías como de
cristianos carnales. La verdad es que han sido tratadas injustamente. Pero
sentirse ofendidas sólo serviría para lograr el propósito del enemigo de
apartarlas de la voluntad de Dios”.
Con estos
principios fundamentales en mente, estamos listos para abordar la cuestión de
nuestra responsabilidad. Si vemos a otro creyente tropezar, caer o desviar a
otros, ¿qué debemos hacer? ¿Tenemos una obligación bíblica de encarar la
situación, o debemos simplemente no ocuparnos del asunto?
¿Cuándo debemos intervenir?
“Hermanos, si
alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales,
restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que
tú también seas tentado” Gálatas 6:1). Si usted tiene una relación estrecha con
alguien que está en pecado, el Señor puede llamarlo a cuestionar con mucho tacto
la actitud de esa persona. Sin embargo, como dice la Biblia, esto debe hacerse
con actitud humilde y en amor. Si su motivación está basada en los celos, la
amargura o el enojo, posponga su intervención hasta que haya controlado estas
emociones.
Si la persona
no escucha su exhortación, confróntela otra vez en presencia de dos o más
amigos. Si esto no da resultado, debe apelar a la iglesia. El resultado final le
pertenece a Dios (Mt. 18:15–17).
El Señor no
tolerara el pecado, y no permitirá que uno de sus hijos continúe en ese estado,
pero debemos dejarle a Él el juicio y el castigo. El mejor apoyo que puede darle
a un hermano débil en la fe, es a través de la oración intercesora. Ore de
manera específica y continua, esperando resultados. No permita que nada lo
desanime o deprima. Su hermano está en las manos de Dios ahora; usted ya hizo su
parte.
¿Cómo
podemos protegernos para no resbalar?
Sería absurdo
pelear una guerra imaginaria, ¿no le parece? Para los cristianos que no
entienden que estamos permanentemente en una guerra espiritual, la batalla les
parece incongruente. Sin embargo, la Biblia nos dice claramente que nuestra
guerra es real. Y aunque no luchamos contra carne y sangre (Ef. 6:12), debemos
estar preparados para el fuego del enemigo.
Así como el
soldado se prepara para el combate, nosotros tenemos que ceñirnos con la
armadura espiritual (Ef. 6:14–18), dando especial atención a nuestras
debilidades personales. También debemos vigilar muy de cerca nuestros
pensamientos. Muchísimos daños se pueden evitar si le ponemos fin a los
pensamientos destructivos, tan pronto como se presenten en nuestra mente. Y esto
lo podemos hacer sometiéndolos a Cristo (2 Co. 10:3–5). En realidad, no hay nada
mejor que el Agua Viva de la Palabra de Dios, para apagar los dardos de fuego de
Satanás.
Un maestro de
la Palabra de Dios, nos da un ejemplo hermoso de este concepto. Una niñita de
seis años le dijo cómo evitaba ella la tentación. “Cuando el diablo toca a la
puerta de mi corazón, le digo: ‘Márchate’, pero a veces regresa. Ahora que Jesús
vive en mi corazón, dejo que sea Él quien abra la puerta”. Cuando enfrente una
situación parecida, recuerde lo que dice 1 Juan 4:4: “Mayor es el que está en
vosotros, que el que está en el mundo”.
¿Y si
es usted el que está pecando?
Si Dios le
está recordando un pecado habitual en su vida, es porque el Espíritu Santo lo
está urgiendo a tomar acción. No hay nada bueno que pueda surgir de la
interrupción de su comunión con Dios, con la excepción de darse cuenta cuanto
necesita de Él.
Usted está
listo para romper con el pecado, la ayuda que necesita está sólo a una oración
de distancia. Ya que no hay ninguna condenación en Cristo Jesús, su acto de
arrepentimiento no será recibido con desdén por parte de Dios. Por tanto, no
debe dejar que el temor le impida restaurar la relación más importante de su
vida: la relación con su Padre celestial.
Romanos 8:38,
39 confirma que no hay ningún pecado que puede separarlo del amor de Dios. “...
ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo
presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa
creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor
nuestro”.
Lea estos
versículos una vez más, nombrando cada pecado que venga a su mente: pornografía,
una relación extramarital, drogas, alcohol, lenguaje soez, odio, rencor o
mentira. Ninguna de estas cosas puede separarlo del amor de Dios, ya que todas
fueron cubiertas por la sangre redentora de Jesucristo en el Calvario. Si usted
se aparta del pecado y busca a Dios, no será rechazado.
Efesios 4:32
anima a los creyentes a ser benignos y misericordiosos, y a perdonarse los unos
a los otros así como Dios los ha perdonado. Si el pecado en la vida de algún
hermano en Cristo le está causando pesadumbre en su corazón, extiéndale el
perdón que Dios le ha mostrado tan misericordiosamente a usted.
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